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Como Liberarnos de los demonios - jesus | cristo | dios

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Pablo escribió en su carta a los Efesios: “Nuestra lucha no es con sangre y carne, sino con los principados, con las potestades, con los gobernantes del mundo de las tinieblas actuales, 6 : 12). Admitió que a menudo somos asaltados por espíritus demoníacos y debemos estar preparados para combatirlos.

Si bien la guerra espiritual puede parecer aterradora para algunos, la buena noticia es que nuestra fuerza no proviene de nosotros mismos, sino de Jesucristo. Es sólo Dios quien puede asegurarnos la victoria, ya que, si nos dejaran a nuestra suerte, ciertamente caeríamos.

La forma más común en que un demonio puede dañarnos es a través de un estado habitual de pecado mortal. Cuanto más nos distanciamos de Dios a través del pecado, más susceptibles seremos al ataque de un demonio.

La confesión de los pecados ante dios, es la forma principal que tenemos para poner fin a nuestra vida de pecado y comenzar un nuevo camino.

Otra forma de protegerse de los ataques demoníacos es hacer de la oración un hábito y apegarse a una vida de oración constante. Esto pone a la persona en un estado diario de gracia y relación con Dios. Una persona que conversa regularmente con Dios nunca debe tener miedo del diablo.

Satanás y sus secuaces pueden parecernos atemorizantes, y la oscuridad del mundo a menudo puede llevarnos a la ansiedad. Sin embargo, si nos mantenemos cerca de Dios, no tenemos nada que temer.

La Biblia nos revela con claridad que existe un mundo espiritual real y que no toda influencia espiritual proviene de Dios. Sin embargo, también nos enseña que el Señor ha provisto el camino para vivir en libertad y protección bajo Su cuidado. En el libro de los Hechos encontramos un ejemplo poderoso: cuando el evangelio transformó la vida de muchos en Éfeso, aquellos que antes practicaban la magia respondieron con arrepentimiento genuino. La Escritura dice que “muchos de los que habían practicado la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos” (Hechos 19:19). Este acto no fue superstición, sino una expresión visible de un corazón que había decidido apartarse del mal para seguir a Cristo.

Este principio sigue siendo válido hoy. La Palabra nos exhorta a no tener comunión con las tinieblas. El apóstol Pablo pregunta: “¿Y qué comunión tiene la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6:14). Por amor a Dios y a nuestra vida espiritual, debemos apartarnos de todo aquello que glorifique o trivialice la magia, el ocultismo, los demonios o prácticas que pretendan ofrecer protección fuera de Dios. La Escritura es clara cuando dice que no podemos participar “de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (1 Corintios 10:21). Nuestra confianza debe estar únicamente en el Señor.

Ahora bien, ¿cómo fortalecemos nuestra fe y permanecemos firmes? La respuesta bíblica es sencilla y profunda: permaneciendo en la Palabra y en la comunión con Dios. Jesús mismo nos enseñó que la verdad nos hace libres (Juan 8:31–32). Cuando alimentamos nuestra fe por medio de la lectura diaria de la Biblia y aprendemos a descansar en las promesas de Dios, crecemos en confianza. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Juan 5:4).

Además, la oración es un pilar esencial en la vida cristiana. Pablo exhortó a los creyentes de Éfeso —quienes vivían rodeados de prácticas ocultistas— a perseverar en la oración: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu” (Efesios 6:18). La oración no es un ritual vacío, sino una relación viva con nuestro Padre celestial. El salmista declara que Dios “cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará” (Salmo 145:19).

La Escritura también nos anima a no vivir con miedo. Santiago nos enseña: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). No resistimos en nuestras propias fuerzas, sino bajo la autoridad de Dios. El Señor es infinitamente más poderoso que cualquier fuerza espiritual rebelde, y Él cuida de los suyos. Incluso vemos en la Palabra que Dios envía a Sus ángeles para proteger a Su pueblo, como ocurrió con Eliseo, cuando el siervo pudo ver que “más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (2 Reyes 6:16–17).

La Biblia enseña que los demonios son ángeles que se rebelaron contra Dios. Fueron creados buenos, pero abandonaron su lugar bajo la autoridad divina. Judas nos dice que “los ángeles que no guardaron su dignidad… los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas” (Judas 6). Apocalipsis describe cómo Satanás, junto con sus ángeles, fue arrojado fuera (Apocalipsis 12:9). Aunque son reales y peligrosos, su destino ya está determinado por el justo juicio de Dios.

El propósito de Satanás y sus demonios es engañar, destruir y oponerse a la obra de Dios (1 Pedro 5:8). Por eso la Biblia los llama “espíritus inmundos” y “malignos” (Marcos 1:27). No obstante, debemos recordar con esperanza que son enemigos derrotados. Aunque la Escritura llama a Satanás “el príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2), también nos asegura que “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).

Jugar con lo oculto o buscar poder fuera de Dios es espiritualmente peligroso, como lo demuestra el episodio de los hijos de Esceva (Hechos 19:13–16). Pero para el creyente que camina en obediencia y humildad, no hay razón para el temor. El apóstol Pedro nos anima a echar “toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7), confiando en que “el Señor sabe librar de tentación a los piadosos” (2 Pedro 2:9).

Amados, no estamos solos en esta lucha. Caminamos bajo la gracia, el poder y la victoria de nuestro Señor Jesucristo. Permaneciendo en Él, viviendo en santidad y confiando en Su Palabra, vivimos seguros, firmes y llenos de esperanza, para la gloria de Dios.

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