Pecar es ir en contra de la ley de Dios (no hacer lo que dios manda). Cuando no respetamos las órdenes de dios y nos revelamos a nuestro creador traerá consecuencias. Dios existe eternamente, por lo tanto la consecuencia del pecar es la muerte espiritual. Sin Jesús en nuestras vidas tendríamos la muerte eterna. Al confesar a Jesús que creemos en él y lo declaramos como nuestro único y personal salvador y pedimos perdón en arrepentimiento por nuestros pecados tenemos la seguridad que estos pecados serán perdonados.
Aquellos que han sido salvos en Cristo reciben vida eterna (1 Juan 5:11-12), y esta vida comienza ahora (Juan 10:10, 1 Corintios 13:12).
Los que creen en Cristo han sido perdonados en sus pecados (2 Corintios 5:21). Tal y como un padre amoroso ama a su hijo desobediente, Dios siempre nos ama a pesar de que pecamos. Nuestra salvación esta en Jesús que nos libra de todo pecado. Los seres humanos siempre estamos proclives a morir por nuestros pecados, siendo absolutamente incapaces de salvarnos a nosotros mismos; Es dios quien a través de su eterno amor nos permitió la salvación por medio de su hijo amado Jesús (Romanos 5:8, Colosenses 2:13, Efesios 2:1-5). Cuando creemos en dios, nunca el pecado nos podrá separar de él; No obstante cuando pecamos tenemos algún quiebre en nuestra relación con dios, por lo que podríamos experimentar soledad, culpa o confusión en nuestra comunión con dios.
El pecado también conlleva ciertas consecuencias naturales. Toda la ley de dios su preceptos y decretos está totalmente diseñado para nuestro bien. Él nos creó y nos conoce íntimamente. Dios es un dios de amor. Dios sabe que él es el supremo y tiene control absoluto sobre todas las cosas. Es como el padre que controla el consumo excesivo de chocolates en sus hijos, no con la intención de mostrar la superioridad, sino para el beneficio del organismo de los niños. Cuando el niño desobedece, él o ella sufrían de las consecuencias de su desobediencia. (Enfermedades, caries, etc).
Para los creyentes, la salvación de la muerte espiritual está en Cristo. Nuestro pecado tiene consecuencias. Necesitamos confesar siempre día a día nuestros pecados, con arrepentimiento verdadero. Dios siempre promete perdonar (1 Juan 1:9, Santiago 5:15-16)
Pecar es ir en contra de la ley de Dios (no hacer lo que dios manda). Cuando no respetamos las órdenes de dios y nos revelamos a nuestro creador traerá consecuencias. Dios existe eternamente, por lo tanto la consecuencia del pecar es la muerte espiritual. Sin Jesús en nuestras vidas tendríamos la muerte eterna. Al confesar a Jesús que creemos en él y lo declaramos como nuestro único y personal salvador y pedimos perdón en arrepentimiento por nuestros pecados tenemos la seguridad que estos pecados serán perdonados.
Aquellos que han sido salvos en Cristo reciben vida eterna (1 Juan 5:11-12), y esta vida comienza ahora (Juan 10:10, 1 Corintios 13:12).
Los que creen en Cristo han sido perdonados en sus pecados (2 Corintios 5:21). Tal y como un padre amoroso ama a su hijo desobediente, Dios siempre nos ama a pesar de que pecamos. Nuestra salvación esta en Jesús que nos libra de todo pecado. Los seres humanos siempre estamos proclives a morir por nuestros pecados, siendo absolutamente incapaces de salvarnos a nosotros mismos; Es dios quien a través de su eterno amor nos permitió la salvación por medio de su hijo amado Jesús (Romanos 5:8, Colosenses 2:13, Efesios 2:1-5). Cuando creemos en dios, nunca el pecado nos podrá separar de él; No obstante cuando pecamos tenemos algún quiebre en nuestra relación con dios, por lo que podríamos experimentar soledad, culpa o confusión en nuestra comunión con dios.
El pecado también conlleva ciertas consecuencias naturales. Toda la ley de dios su preceptos y decretos está totalmente diseñado para nuestro bien. Él nos creó y nos conoce íntimamente. Dios es un dios de amor. Dios sabe que él es el supremo y tiene control absoluto sobre todas las cosas. Es como el padre que controla el consumo excesivo de chocolates en sus hijos, no con la intención de mostrar la superioridad, sino para el beneficio del organismo de los niños. Cuando el niño desobedece, él o ella sufrían de las consecuencias de su desobediencia. (Enfermedades, caries, etc).
Para los creyentes, la salvación de la muerte espiritual está en Cristo. Nuestro pecado tiene consecuencias. Necesitamos confesar siempre día a día nuestros pecados, con arrepentimiento verdadero. Dios siempre promete perdonar (1 Juan 1:9, Santiago 5:15-16)
La Palabra de Dios es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino (Salmos 119:105). Desde los tiempos antiguos, el Señor reveló a Israel su voluntad mediante mandamientos que reflejan Su carácter santo y Su amor por nosotros. En el monte Sinaí, Dios entregó a Moisés los mandamientos que regulan la vida del creyente (Éxodo 20:3-17):
1. «No tendrás dioses ajenos delante de mí». 2. «No te harás imagen ni te inclinarás ante ellas». 3. «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano». 4. «Acuérdate del día de reposo para santificarlo». 5. «Honra a tu padre y a tu madre». 6. «No matarás». 7. «No cometerás adulterio». 8. «No hurtarás». 9. «No hablarás contra tu prójimo falso testimonio». 10. «No codiciarás».
Estos mandamientos no fueron dados para oprimir, sino para guiarnos hacia la vida abundante que el Señor anhela para Sus hijos (Deuteronomio 10:12-13).
El Nuevo Testamento nos invita también a cultivar virtudes que reflejan a Cristo: lo verdadero, lo honesto, lo justo, lo puro, lo amable y todo aquello que tiene buen nombre (Filipenses 4:8). A la vez, nos llama a abandonar toda práctica que destruya nuestra alma: avaricia, violencia, ira descontrolada, soberbia, embriaguez, mentira, lujuria, calumnia y cualquier conducta contraria al diseño santo de Dios (Gálatas 5:19-21; Colosenses 3:5-9).
Cuando el ser humano persiste en el pecado y se aparta de la voluntad divina, vive una forma de “muerte espiritual”, porque el pecado lo separa de Dios (Isaías 59:2). La Escritura enseña claramente: «El alma que pecare, esa morirá» (Ezequiel 18:20). Sin embargo, esta muerte espiritual no es el deseo de Dios; Él «no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).
La muerte física llega a todos, pero para los que han creído en Jesucristo, guardando Su Palabra y confesando que Él es el Hijo de Dios, hay una gloriosa promesa: «Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Romanos 6:8; 2 Timoteo 2:11).
Quien ama a Dios sobre todas las cosas y persevera en Sus caminos, entra en la vida eterna junto a Cristo (Juan 14:2-3).
Por el contrario, quien rechaza la gracia, se aferra al pecado y rehúsa creer en el Señor, se enfrenta a la consecuencia final: «Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). Y Santiago advierte: «El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:14-15).
Nuestro Señor Jesucristo resumió toda la ley en un mandamiento supremo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mateo 22:37; Marcos 12:30; Lucas 10:27). Quien ama verdaderamente a Dios, busca vivir en obediencia y apartarse del mal.
La Escritura también nos recuerda que «el que practica el pecado es del diablo», porque tales obras son contrarias a Dios; pero añade la gloriosa esperanza: «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:8).
Cristo vino a libertar, no a condenar; a rescatar, no a destruir (Juan 3:17).
Cuando fallamos —porque todos fallamos— el Espíritu Santo nos convence de pecado, pero lo hace con amor, produciendo «tristeza según Dios» que trae arrepentimiento y vida (2 Corintios 7:10-11). Él jamás condena a los que están en Cristo, pues «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). Su convicción es un acto de gracia que nos guía de regreso a los brazos del Padre.
La gracia no es licencia para pecar (Romanos 6:1-2); al contrario, es el poder de Dios que nos transforma para vivir en santidad. Por ello, llamamos al pecado por su nombre, pero siempre recordando que el perdón, la restauración y la vida nueva están disponibles para todo aquel que se acerca a Jesús.
La Palabra de Dios es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino (Salmos 119:105). Desde los tiempos antiguos, el Señor reveló a Israel su voluntad mediante mandamientos que reflejan Su carácter santo y Su amor por nosotros. En el monte Sinaí, Dios entregó a Moisés los mandamientos que regulan la vida del creyente (Éxodo 20:3-17):
1. «No tendrás dioses ajenos delante de mí».
2. «No te harás imagen ni te inclinarás ante ellas».
3. «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano».
4. «Acuérdate del día de reposo para santificarlo».
5. «Honra a tu padre y a tu madre».
6. «No matarás».
7. «No cometerás adulterio».
8. «No hurtarás».
9. «No hablarás contra tu prójimo falso testimonio».
10. «No codiciarás».
Estos mandamientos no fueron dados para oprimir, sino para guiarnos hacia la vida abundante que el Señor anhela para Sus hijos (Deuteronomio 10:12-13).
El Nuevo Testamento nos invita también a cultivar virtudes que reflejan a Cristo: lo verdadero, lo honesto, lo justo, lo puro, lo amable y todo aquello que tiene buen nombre (Filipenses 4:8). A la vez, nos llama a abandonar toda práctica que destruya nuestra alma: avaricia, violencia, ira descontrolada, soberbia, embriaguez, mentira, lujuria, calumnia y cualquier conducta contraria al diseño santo de Dios (Gálatas 5:19-21; Colosenses 3:5-9).
Cuando el ser humano persiste en el pecado y se aparta de la voluntad divina, vive una forma de “muerte espiritual”, porque el pecado lo separa de Dios (Isaías 59:2). La Escritura enseña claramente: «El alma que pecare, esa morirá» (Ezequiel 18:20). Sin embargo, esta muerte espiritual no es el deseo de Dios; Él «no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).
La muerte física llega a todos, pero para los que han creído en Jesucristo, guardando Su Palabra y confesando que Él es el Hijo de Dios, hay una gloriosa promesa: «Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Romanos 6:8; 2 Timoteo 2:11).
Quien ama a Dios sobre todas las cosas y persevera en Sus caminos, entra en la vida eterna junto a Cristo (Juan 14:2-3).
Por el contrario, quien rechaza la gracia, se aferra al pecado y rehúsa creer en el Señor, se enfrenta a la consecuencia final: «Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). Y Santiago advierte: «El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:14-15).
Nuestro Señor Jesucristo resumió toda la ley en un mandamiento supremo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mateo 22:37; Marcos 12:30; Lucas 10:27). Quien ama verdaderamente a Dios, busca vivir en obediencia y apartarse del mal.
La Escritura también nos recuerda que «el que practica el pecado es del diablo», porque tales obras son contrarias a Dios; pero añade la gloriosa esperanza: «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:8).
Cristo vino a libertar, no a condenar; a rescatar, no a destruir (Juan 3:17).
Cuando fallamos —porque todos fallamos— el Espíritu Santo nos convence de pecado, pero lo hace con amor, produciendo «tristeza según Dios» que trae arrepentimiento y vida (2 Corintios 7:10-11). Él jamás condena a los que están en Cristo, pues «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). Su convicción es un acto de gracia que nos guía de regreso a los brazos del Padre.
La gracia no es licencia para pecar (Romanos 6:1-2); al contrario, es el poder de Dios que nos transforma para vivir en santidad. Por ello, llamamos al pecado por su nombre, pero siempre recordando que el perdón, la restauración y la vida nueva están disponibles para todo aquel que se acerca a Jesús.