Hay algo poderoso en este nombre: Jesús (Yeshúa). Cada vez que estés pasando por un momento difícil, llama a Jesús (Yeshúa). Si no te sientes bien en tu cuerpo y necesitas un milagro, clama a Jesús (Yeshúa). Cuando estés pasando por desafíos y no tengas ganas de orar, llama a Jesús (Yeshúa). Cuando clamas a Jesús (Yeshúa), tu circunstancia cambia, cuando clamas a Jesús (Yeshúa), los demonios tiemblan. Cuando clamas a Jesús (Yeshúa), el dolor de tu cuerpo desaparece. Cuando clamas a Jesús (Yeshúa) , eres librado y liberado de enfermedades y deformidades. Si solo puede tener una palabra en su vocabulario, esa palabra debería ser Jesús (Yeshúa) . En el nombre de Jesús (Yeshúa) se doble toda rodilla.
¿Necesitas un milagro? ¿Estás pasando por algo y necesitas ayuda extra de Dios? ¿Te siente perdido, confundido y deprimido? Te desafío a llamar a Jesús (Yeshúa). Cuando invoques a Jesús (Yeshúa), tu situación y circunstancia cambiarán. Satanás odia cuando invocas el nombre de Jesús (Yeshúa). Cuando dices Jesús (Yeshúa) , estás diciendo: " Mayor es el [Jesús-Yeshúa] que está en mí que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4). Cuando dices Jesús (Yeshúa) estás diciendo: “ Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Cuando dices Jesús (Yeshúa) estás diciendo: " Ninguna arma formada contra ti, prosperará” (Is. 54:17). Cuando dices Jesús (Yeshúa), estás diciendo que podrías estar “apremiado en todo, pero no quebrantado; perplejo, pero no desesperado; perseguido, pero no abandonado; derribado, pero no destruido" (2 Corintios 4:8,9).
Cuando conoces al Dios al que sirves y que vive, no tienes por qué temer a nada ni a nadie. Él es el Primero y el Último, el Principio y el Fin. Él siempre fue, siempre es y siempre será inconmovible, inmutable, invicto y nunca deshecho. De hecho, es tan grande que el mundo no puede entenderlo, los ejércitos no pueden vencerlo, Herodes no pudo matarlo y los líderes no pueden ignorarlo. Cuando tú caes, Él te levanta. Cuando fallas, Él perdona; cuando eres débil, Él es fuerte. Su fuerza perfecciona nuestra debilidad. Cuando tienes miedo, Él es tu animador. Cuando estás confundido, Él te aconseja. Cuando tropiezas y caes, Él te mantiene firme. Cuando tienes el corazón roto, él repara tu corazón roto. Cuando estás herido, Él es tu sanador. Cuando no tuviste nada que comer, Él te alimentó. Cuando tu mundo se derrumbaba sobre ti, Él estaba a tu lado. Cuando enfrentaste problemas y pasaste por el dolor, Él te consoló.
Además, cuando te enfrentes a la muerte, Él te llevará a Casa, donde no tendrás que preocuparte por el dolor o la enfermedad. A Jesucristo se le ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. La próxima vez que esté en problemas y necesite ayuda adicional, simplemente llame a Jesús (Yeshúa) y el te liberara.
Hay algo poderoso en este nombre: Jesús (Yeshúa). Cada vez que estés pasando por un momento difícil, llama a Jesús (Yeshúa). Si no te sientes bien en tu cuerpo y necesitas un milagro, clama a Jesús (Yeshúa). Cuando estés pasando por desafíos y no tengas ganas de orar, llama a Jesús (Yeshúa). Cuando clamas a Jesús (Yeshúa), tu circunstancia cambia, cuando clamas a Jesús (Yeshúa), los demonios tiemblan. Cuando clamas a Jesús (Yeshúa), el dolor de tu cuerpo desaparece. Cuando clamas a Jesús (Yeshúa) , eres librado y liberado de enfermedades y deformidades. Si solo puede tener una palabra en su vocabulario, esa palabra debería ser Jesús (Yeshúa) . En el nombre de Jesús (Yeshúa) se doble toda rodilla.
¿Necesitas un milagro? ¿Estás pasando por algo y necesitas ayuda extra de Dios? ¿Te siente perdido, confundido y deprimido? Te desafío a llamar a Jesús (Yeshúa). Cuando invoques a Jesús (Yeshúa), tu situación y circunstancia cambiarán. Satanás odia cuando invocas el nombre de Jesús (Yeshúa). Cuando dices Jesús (Yeshúa) , estás diciendo: " Mayor es el [Jesús-Yeshúa] que está en mí que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4). Cuando dices Jesús (Yeshúa) estás diciendo: “ Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Cuando dices Jesús (Yeshúa) estás diciendo: " Ninguna arma formada contra ti, prosperará” (Is. 54:17). Cuando dices Jesús (Yeshúa), estás diciendo que podrías estar “apremiado en todo, pero no quebrantado; perplejo, pero no desesperado; perseguido, pero no abandonado; derribado, pero no destruido" (2 Corintios 4:8,9).
Cuando conoces al Dios al que sirves y que vive, no tienes por qué temer a nada ni a nadie. Él es el Primero y el Último, el Principio y el Fin. Él siempre fue, siempre es y siempre será inconmovible, inmutable, invicto y nunca deshecho. De hecho, es tan grande que el mundo no puede entenderlo, los ejércitos no pueden vencerlo, Herodes no pudo matarlo y los líderes no pueden ignorarlo. Cuando tú caes, Él te levanta. Cuando fallas, Él perdona; cuando eres débil, Él es fuerte. Su fuerza perfecciona nuestra debilidad. Cuando tienes miedo, Él es tu animador. Cuando estás confundido, Él te aconseja. Cuando tropiezas y caes, Él te mantiene firme. Cuando tienes el corazón roto, él repara tu corazón roto. Cuando estás herido, Él es tu sanador. Cuando no tuviste nada que comer, Él te alimentó. Cuando tu mundo se derrumbaba sobre ti, Él estaba a tu lado. Cuando enfrentaste problemas y pasaste por el dolor, Él te consoló.
Además, cuando te enfrentes a la muerte, Él te llevará a Casa, donde no tendrás que preocuparte por el dolor o la enfermedad. A Jesucristo se le ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. La próxima vez que esté en problemas y necesite ayuda adicional, simplemente llame a Jesús (Yeshúa) y el te liberara.
Hay algo poderoso El nombre de Jesús o Yeshúa: revelación divina y propósito eterno.
La Palabra de Dios nos enseña que el nombre de nuestro Salvador no nació de una decisión humana, sino que fue “revelado desde el cielo”. Cuando José estaba confundido y afligido, Dios le habló por medio de un ángel y le dijo:
“José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Yeshúa), porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:20–21).
Aquí vemos claramente que el nombre “Jesús o Yeshúa” está unido a Su misión: salvar. No es un nombre común, sino un nombre cargado de propósito redentor.
De igual manera, el ángel Gabriel fue enviado a María con un mensaje lleno de gracia y verdad:
“No temas, María… concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Yeshúa). Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:30–33).
Estas palabras confirman que Jesús (Yeshúa) es el cumplimiento del plan eterno de Dios, el Rey prometido, el Hijo del Altísimo.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo anunciado por el profeta Isaías siglos antes:
“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).
Y el evangelio nos aclara el significado:
“Emanuel… Dios con nosotros” (Mateo 1:22–23).
Por lo tanto, entendemos bíblicamente que el nombre de Jesús (Yeshúa) fue dado por Dios mismo, y que en Él se manifiesta la presencia salvadora de Dios entre los hombres.
La autoridad del nombre de Jesús Yeshúa según las Escrituras.
La Biblia enseña que el poder no está en una pronunciación mecánica, sino en la autoridad que Dios le dio a Su Hijo. El apóstol Pablo declara: “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).
Ese nombre es exaltado para que toda la creación reconozca el señorío de Cristo:
“Para que en el nombre de Jesús (Yeshúa) se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:10–11; Romanos 14:11).
Por eso la Iglesia vive, sirve y ora bajo esa autoridad, como está escrito:
“Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús (Yeshúa)” (Colosenses 3:17).
Salvación, vida y esperanza en Su nombre.
La Escritura es clara y suficiente al afirmar que la salvación se recibe por medio de la fe en Cristo:
“Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús (Yeshúa) es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Y el mensaje apostólico proclama:
“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).
Este llamado siempre va acompañado del arrepentimiento y de una vida rendida a Dios:
“Arrepentíos… en el nombre de Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
El nombre de Jesús (Yeshúa) y la obra de Dios en Su Iglesia.
En el libro de los Hechos vemos que Dios obró con poder por medio de hombres obedientes que confiaban en Cristo, no en sí mismos:
“En el nombre de Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).
La sanidad, la proclamación del evangelio y la expansión de la Iglesia siempre apuntaron a la gloria de Dios, no al hombre:
“Extiende tu mano para que se hagan sanidades… mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús (Yeshúa)” (Hechos 4:30).
Oposición y fidelidad por causa del nombre.
La Palabra también nos enseña que el nombre de Jesús (Yeshúa) provoca resistencia en un mundo caído. A los apóstoles se les prohibió predicar en ese nombre:
“Les ordenaron que no hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús (Yeshúa)” (Hechos 4:17–18).
Fueron encarcelados y amenazados, pero respondieron con una convicción que sigue guiando a la Iglesia fiel:
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).
Esto nos recuerda que la persecución no es señal de derrota, sino de fidelidad al Señor (Juan 15:18–20).
Cristo vive en nosotros por Su Espíritu.
Finalmente, la vida cristiana no consiste solo en invocar un nombre, sino en vivir crucificados con Cristo:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).
Somos templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 6:19), y si el Espíritu de Dios mora en nosotros, entonces caminamos conforme a Él:
“Si el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9).
Invoquemos el nombre de Jesús (Yeshúa) con fe sincera, obediencia y amor, sabiendo que ese nombre nos fue dado para salvación, para vida eterna y para la gloria de Dios Padre. No como una fórmula, sino como una confesión diaria de que “Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) es el Señor”.
Que el Señor afirme nuestros corazones en Su verdad y a el sea toda la honra y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Hay algo poderoso El nombre de Jesús o Yeshúa: revelación divina y propósito eterno.
La Palabra de Dios nos enseña que el nombre de nuestro Salvador no nació de una decisión humana, sino que fue “revelado desde el cielo”. Cuando José estaba confundido y afligido, Dios le habló por medio de un ángel y le dijo:
“José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Yeshúa), porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:20–21).
Aquí vemos claramente que el nombre “Jesús o Yeshúa” está unido a Su misión: salvar. No es un nombre común, sino un nombre cargado de propósito redentor.
De igual manera, el ángel Gabriel fue enviado a María con un mensaje lleno de gracia y verdad:
“No temas, María… concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Yeshúa). Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:30–33).
Estas palabras confirman que Jesús (Yeshúa) es el cumplimiento del plan eterno de Dios, el Rey prometido, el Hijo del Altísimo.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo anunciado por el profeta Isaías siglos antes:
“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).
Y el evangelio nos aclara el significado:
“Emanuel… Dios con nosotros” (Mateo 1:22–23).
Por lo tanto, entendemos bíblicamente que el nombre de Jesús (Yeshúa) fue dado por Dios mismo, y que en Él se manifiesta la presencia salvadora de Dios entre los hombres.
La autoridad del nombre de Jesús Yeshúa según las Escrituras.
La Biblia enseña que el poder no está en una pronunciación mecánica, sino en la autoridad que Dios le dio a Su Hijo. El apóstol Pablo declara:
“Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).
Ese nombre es exaltado para que toda la creación reconozca el señorío de Cristo:
“Para que en el nombre de Jesús (Yeshúa) se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:10–11; Romanos 14:11).
Por eso la Iglesia vive, sirve y ora bajo esa autoridad, como está escrito:
“Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús (Yeshúa)” (Colosenses 3:17).
Salvación, vida y esperanza en Su nombre.
La Escritura es clara y suficiente al afirmar que la salvación se recibe por medio de la fe en Cristo:
“Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús (Yeshúa) es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Y el mensaje apostólico proclama:
“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).
Este llamado siempre va acompañado del arrepentimiento y de una vida rendida a Dios:
“Arrepentíos… en el nombre de Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
El nombre de Jesús (Yeshúa) y la obra de Dios en Su Iglesia.
En el libro de los Hechos vemos que Dios obró con poder por medio de hombres obedientes que confiaban en Cristo, no en sí mismos:
“En el nombre de Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).
La sanidad, la proclamación del evangelio y la expansión de la Iglesia siempre apuntaron a la gloria de Dios, no al hombre:
“Extiende tu mano para que se hagan sanidades… mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús (Yeshúa)” (Hechos 4:30).
Oposición y fidelidad por causa del nombre.
La Palabra también nos enseña que el nombre de Jesús (Yeshúa) provoca resistencia en un mundo caído. A los apóstoles se les prohibió predicar en ese nombre:
“Les ordenaron que no hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús (Yeshúa)” (Hechos 4:17–18).
Fueron encarcelados y amenazados, pero respondieron con una convicción que sigue guiando a la Iglesia fiel:
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).
Esto nos recuerda que la persecución no es señal de derrota, sino de fidelidad al Señor (Juan 15:18–20).
Cristo vive en nosotros por Su Espíritu.
Finalmente, la vida cristiana no consiste solo en invocar un nombre, sino en vivir crucificados con Cristo:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).
Somos templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 6:19), y si el Espíritu de Dios mora en nosotros, entonces caminamos conforme a Él:
“Si el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9).
Invoquemos el nombre de Jesús (Yeshúa) con fe sincera, obediencia y amor, sabiendo que ese nombre nos fue dado para salvación, para vida eterna y para la gloria de Dios Padre. No como una fórmula, sino como una confesión diaria de que “Jesucristo (Yeshúa Hamashiaj) es el Señor”.
Que el Señor afirme nuestros corazones en Su verdad y a el sea toda la honra y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.