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Lienzos de Jesús - jesus | cristo | dios

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Sabías que hay evidencias científicas que indican que la persona que fue envuelta por la sábana santa' es la misma del sudario de Oviedo; Según los resultados del estudio médico forense de la universidad católica de Murcia, publicados en marzo de 2017, la herida de lanza de cuerpo envuelto por la sábana santa, y el sudario de Oviedo corresponden a la misma persona; Pero no sólo esto sino que dicha persona sufrió una herida en uno de sus costados cuando ya era un cadáver, lo que concuerda con el evangelio de san juan, cuando relata el momento en que un centurión romano atravesó el costado de cristo, dicha investigación fue dirigida por el doctor Alfonso Sánchez Hermosilla, médico forense del instituto de medicina legal de Murcia y director del equipo de investigación del centro español de sindonología, y asesor científico del centro internacional de sindonología de Turing. Según la universidad católica de Murcia, el estudio fue realizado conjuntamente sobre el sudario de Oviedo, la sabana de Turín y no sólo reafirma que ambas prendas envolvieron a la misma persona, sino que además, se evidencia que ya era cadáver, y estando en posición vertical sufrió una herida penetrante que le atravesaría el hemitórax derecho, con entrada por el quinto espacio intercostal y salida por el cuarto, próximo a la columna vertebral y la escápula derecha, fijando marcas de coágulos de sangre y del líquido pleuropericarditis todo lo cual concuerda con lo señalado en el evangelio de san juan, cuando indica pero cuando llegaron a Jesús, vieron que ya estaba muerto no le quebraron las piernas pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua. Para llegar a esta conclusión el equipo investigador realizó estudios de sangre, estudios de presencia de pólenes, conservación del material textil, determinación de contaminantes orgánicos e inorgánicos. Siendo os hallazgos los siguientes: las manchas de sangre de la herida de lanza, son las únicas con esas características que las hacen diferente del resto, tanto por su morfología y complejidad. Es una mancha de sangre de una persona fallecida, ya que se vuelve invisible si se observa bajo un filtro infrarrojo, como es habitual en las manchas ocasionadas por sangre cadavérica. Adicionalmente se descubrió en el sudario de Oviedo, un grano de polen de una planta compatible con la especie botánica que son también identificadas en la sábana santa y finalmente se descartó que se trataba de algún tipo de contaminación, ya que dicho polen se encuentra adherido a la sangre, es decir que llegó a la reliquia a la misma vez que la sangre no de forma aleatoria.

UNA TUMBA VACÍA Y UN CRISTO VIVO.


Amados hermanos, el corazón del evangelio no descansa únicamente en una tumba vacía, sino en un Salvador vivo, vencedor de la muerte. El apóstol Pablo lo expresa con claridad: “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). La resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra esperanza.

El descubrimiento de la tumba vacía.


El evangelio según Juan nos relata que “el primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro” (Juan 20:1). Esto nos muestra el amor y la devoción de esta mujer, quien aun en medio del dolor no se apartó del lugar donde había sido puesto su Señor.

Cuando María vio la piedra quitada, no pensó en la resurrección. Su corazón estaba lleno de tristeza, no de expectativa. Ella dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (Juan 20:2). Esto nos recuerda que muchas veces Dios está obrando algo glorioso, aun cuando nuestra comprensión está nublada por el sufrimiento. Como dice el profeta: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos” (Isaías 55:8).

Los discípulos ante la evidencia.


Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Juan llegó primero, pero Pedro entró. Allí vieron los lienzos colocados con orden, y el sudario aparte (Juan 20:6–7). Nada indicaba robo ni violencia. Todo hablaba de una obra divina y soberana.

La Escritura nos dice: “Entonces entró también el otro discípulo… y vio, y creyó” (Juan 20:8). Sin embargo, el texto añade algo muy importante: “porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que Él resucitase de los muertos” (Juan 20:9). La fe verdadera siempre debe crecer a la luz de la Palabra de Dios, no solo de las circunstancias visibles.

El encuentro personal con el Cristo resucitado.


María permaneció llorando junto al sepulcro. Su amor la sostuvo donde otros se fueron. Y allí, en su quebranto, el Señor se le reveló. Primero vio ángeles, pero su dolor era tan profundo que ni siquiera eso la distrajo (Juan 20:12–13).

Cuando Jesús se le acercó, ella no lo reconoció hasta que Él la llamó por su nombre: “¡María!” (Juan 20:16). Hermanos, así obra el buen Pastor, que “llama a sus ovejas por nombre” (Juan 10:3). En una sola palabra, el Señor transformó su llanto en gozo. María respondió: “¡Raboni!”, reconociendo a su Maestro vivo.

Jesús entonces la envió con un mensaje glorioso: “Ve a mis hermanos y diles…” (Juan 20:17). Es profundamente significativo que el Señor haya escogido a una mujer como primera testigo de Su resurrección. Esto nos enseña que Dios honra la fe sincera y que Su verdad no depende de las estructuras humanas, sino de Su gracia soberana (Gálatas 3:28).

Jesús se manifiesta a los discípulos.


Aquella misma noche, con las puertas cerradas por miedo, Jesús se presentó en medio de ellos y dijo: “Paz a vosotros” (Juan 20:19). No hubo reproche, hubo reconciliación. Él mostró Sus manos y Su costado, afirmando que el mismo que fue crucificado, ahora vivía glorificado (Lucas 24:39).

Luego les dio una misión: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Y sopló sobre ellos diciendo: “Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22). Así como Dios sopló vida en el hombre en la creación (Génesis 2:7), ahora Cristo inaugura una nueva creación en Sus discípulos (2 Corintios 5:17).

La autoridad que les confía no es para condenar arbitrariamente, sino para proclamar el perdón en Cristo y advertir al mundo con amor y verdad, conforme al evangelio (Hechos 20:27).

La gracia para el incrédulo honesto.


Tomás no estaba presente y se negó a creer sin ver. Ocho días después, Jesús se presentó nuevamente y, con infinita paciencia, se reveló a él (Juan 20:26–27). El Señor no rechazó a Tomás, sino que lo confrontó con verdad y gracia.

Ante Cristo resucitado, Tomás declaró: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). Esta es una confesión clara de la deidad de Cristo, aceptada por Jesús sin corrección alguna. Y luego el Señor pronunció una promesa para todos nosotros: “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).

Conclusión.


Amados, Cristo vive. No seguimos una religión basada en recuerdos, sino una fe viva en un Salvador resucitado. Él venció la muerte, conquistó la incredulidad y reina para siempre. Que nuestra respuesta sea la misma de Tomás, nacida de un corazón rendido: Jesús es nuestro Señor y nuestro Dios (Romanos 10:9).

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