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Pruebas de dios - jesus | cristo | dios

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La vida está llena de pruebas. Seguramente hay una dimensión espiritual.

Las pruebas son parte de la vida. Pero, ¿a qué me refiero con pruebas? Esos momentos en los que somos empujados incluso más allá de nuestros límites - estas son pruebas. Pero más que eso. También sabemos de esos momentos en los que eludimos el peligro y nos alejamos mientras explota una mina terrestre metafórica, la metralla simplemente no nos alcanza mientras se aleja de los objetos cercanos.

Las pruebas son también lo que llamaríamos presión. Y, con todas sus distracciones y fuerzas en competencia, el mundo de hoy es una olla a presión.

Espere privilegios, respeto, elogios y que todo salga bien, y nos decepcionáremos. Sin embargo, espere dificultades y encontraremos que ese es el camino hacia la paz.

El don de discernimiento es un don de sabiduría que Dios nos da gratuitamente si lo pedimos. Si pedimos y buscamos, lo encontraremos. Ver pruebas se trata de diferenciar las amenazas verdaderas de la nada. Es ese autoconocimiento el que confirma cómo el enemigo de Dios buscaría probarnos.

El enemigo de Dios sabe lo que presiona nuestros botones; dónde está nuestro orgullo, qué nos da envidia, qué nos enoja y qué nos hace resistir a Dios, etc. Pero sabemos que, con Dios de nuestro lado, podemos ver estas pruebas y enfrentarlas.

¿Por qué Dios permite que su enemigo nos pruebe? Para el desarrollo de nuestro carácter. Porque Él nos ama, y el que nos hizo a su imagen y a su semejanza , se esfuerza por perfeccionarnos. Él cree que podemos vencer y nos da su poder vencedor cuando usamos su sabiduría.

La clave para superar las pruebas, además de esperarlas, verlas y enfrentarlas adecuadamente, es la pureza y la inocencia que no las resiente. Dios quiere que crezcamos. La señal que el busca en nuestra madurez es esa personalidad imperturbable que tenemos cuando deseamos alegremente agradarle.

Esperar la prueba, verla a medida que se aproxima, estar listo para enfrentarla, estar de pie en medio de su presión, requiere el coraje de la humildad. Se necesita más autocontrol que acción, de hecho, a menudo es inacción (pero no siempre) a medida que salimos del camino de la prueba. Superar las pruebas tiene una orientación intrínseca e intensamente espiritual.

Esperar dificultades, verlas como vienen, enfréntelas con humildad y valentía, es la gran clave para superar la prueba.

La Palabra del Señor nos exhorta diciendo: “Tened por sumo gozo, hermanos míos, cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:2-3). Esta enseñanza no nace de una negación del dolor, sino de una comprensión profunda del carácter de Dios. Las pruebas no son señales de abandono divino, sino instrumentos santos en las manos de un Padre amoroso que está formando a Sus hijos.

El apóstol Pedro nos recuerda que la fe, al ser probada, es “mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego”, y que esa fe refinada será hallada “en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1:6-7). Así como el oro es purificado en el fuego, el Señor usa las pruebas para quitar de nosotros aquello que no refleja a Cristo.

Desde los tiempos antiguos, Dios ha probado a los suyos, no para destruirlos, sino para revelar y fortalecer su fe. Job, en medio de su profundo sufrimiento, pudo declarar con confianza: “Él conoce mi camino; cuando me haya probado, saldré como el oro” (Job 23:10). El salmista también reconoció esta obra divina al decir: “Tú has probado mi corazón… me has puesto a prueba y nada inicuo hallaste” (Salmos 17:3).

La Escritura nos enseña que el Señor examina los corazones: “Jehová prueba al justo” (Salmos 11:5), y lo hace con un propósito redentor. A través del profeta Isaías, Dios declara: “Volveré mi mano contra ti, limpiaré hasta lo más puro tu escoria” (Isaías 1:25). No es castigo sin sentido, sino purificación amorosa.

Vemos este principio repetido una y otra vez: Dios probó a Abraham (Génesis 22:1), a Israel en el desierto (Deuteronomio 8:2-3), a Gedeón con su ejército reducido (Jueces 7:4-7), y aun a los líderes espirituales para revelar lo que había en sus corazones (2 Crónicas 32:31). En cada caso, la prueba tenía como fin producir obediencia, dependencia y una fe más profunda.

Nuestro Señor Jesucristo también permitió pruebas para afirmar la fe de sus discípulos. Cuando preguntó a Felipe cómo alimentar a la multitud, “decía esto para probarle; porque Él sabía lo que había de hacer” (Juan 6:5-6). Cristo nunca prueba sin propósito, ni permite algo que escape de Su soberanía amorosa.

Ahora bien, debemos afirmar con claridad bíblica que ser discípulos de Cristo no nos hace inmunes al sufrimiento. Jesús mismo nos dijo que en el mundo tendríamos aflicción (Juan 16:33). Sin embargo, también nos aseguró la victoria en Él. El amor de Dios no se mide por la ausencia de dificultades, sino por Su presencia fiel en medio de ellas. La promesa sigue firme: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).

El propósito final del Señor es conformarnos a la imagen de Su Hijo (Romanos 8:29). Ese proceso, llamado santificación, muchas veces incluye pruebas que moldean nuestro carácter y nos enseñan a vivir para Su gloria. Pablo lo expresó así: “Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza” (Romanos 5:3-4).

No debemos confundir las pruebas permitidas por Dios con el sufrimiento que resulta de nuestro propio pecado. La Escritura es clara: “Que ninguno padezca… como malhechor” (1 Pedro 4:15). Aunque Dios perdona nuestros pecados por la obra perfecta de Cristo en la cruz (Romanos 5:8), muchas veces debemos enfrentar las consecuencias terrenales de malas decisiones. Aun así, el Señor es tan misericordioso que usa incluso esas situaciones para nuestro bien y para llevarnos al arrepentimiento y a una fe más madura.

La promesa es gloriosa para quienes perseveran: “Bienaventurado el hombre que soporta la prueba; porque cuando haya sido aprobado, recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12). Nuestra esperanza no está en esta vida pasajera, sino en la recompensa eterna.

Por eso, somos llamados también a examinarnos: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5), a probar los espíritus conforme a la verdad revelada (1 Juan 4:1), y a renovar nuestra mente para discernir la voluntad de Dios, que es “buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

En medio de toda prueba, tenemos una seguridad firme: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). No caminamos solos. El Espíritu Santo mora en nosotros, la Palabra nos guía, y tenemos libre acceso al trono de la gracia por medio de la oración. “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57). Permanezcamos firmes, confiados y llenos de gozo, sabiendo que cada prueba está bajo el control soberano de un Dios bueno, fiel y lleno de amor.

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