Vaya al Contenido

Que es vigilar - jesus | cristo | dios

Saltar menú
Saltar menú
jesus cristo dios

Un ejército en guerra posiciona estratégicamente su campamento base. Es indispensablemente imperativo para ellos encontrar y asegurar un lugar seguro. Por lo general, un terreno más alto se adapta a ser el mejor campo. Como verdaderos soldados y portadores del estandarte de Cristo, nuestros deberes no son solo diseñar un movimiento ofensivo para hacer avanzar el reino de Dios, sino también considerar una estructura de defensa. El conocimiento y la sabiduría son muy necesarios para esta tarea a fin de definir claramente nuestra posición y nuestras prioridades en la defensa de los principios de la verdad de las doctrinas bíblicas inmaculadas de Cristo. ¿Nos lanzaremos a la batalla sin considerar la vulnerabilidad de nuestro campo base ante el ataque del enemigo? Tenemos que ser plenamente conscientes de lo que sucede dentro y alrededor de nosotros, teniendo en cuenta que todos los días estamos sin duda comprometidos en la guerra espiritual.

Las tres armas principales de Satanás para destruir al hombre de Dios son tan obvias desde el comienzo de la humanidad hasta nuestra era actual. En diferentes formas y estrategias, el cebo de satanás siempre cae en tres categorías: el anhelo de los deseos carnales, la lujuria de los ojos y el anhelo de poder y orgullo de la vida. Nabucodonosor, el rey Saúl y otros fueron atraídos por el poder; movido por el orgullo olvidando así confiar en Dios. David cometió adulterio cuando fue atraído por los deseos de la carne. Judas Iscariote cayó en la tentación por el amor al dinero y la lujuria de sus ojos. Tenemos la bendición de estar informados sobre la tecnología, pero debemos tener cuidado con el uso de Internet, teléfonos celulares u otros dispositivos de alta tecnología porque pueden ser el mejor incentivo de Satanás para arrastrarnos hacia abajo. Huye de estas lujurias. Por esto el cristiano debe siempre estar vigilante en todo momento. (1de pedro 5:8)

La palabra vigilia proviene del latín vigiliare, que significa “estar despierto” o “velar”. En sentido natural, una persona puede permanecer en vela por razones laborales, por enfermedad o por insomnio. Sin embargo, cuando hablamos desde la fe cristiana, la vigilia adquiere un significado mucho más profundo: es un tiempo apartado con un propósito santo, para buscar a Dios en adoración, oración, meditación y espera reverente de Su voluntad.

La Escritura nos muestra que el pueblo de Dios, desde tiempos antiguos, entendió el valor espiritual de velar. El salmista declara: “Cuando me acuerdo de ti en mi lecho, cuando medito en ti en las vigilias de la noche” (Salmos 63:6).

Aquí vemos que la vigilia es un espacio donde el corazón se aquieta delante de Dios, donde la mente se enfoca en Sus obras y la comunión con Él se profundiza. No es una práctica vacía ni ritualista, sino una expresión de amor, dependencia y anhelo por Su presencia.

La Biblia también usa el término vigilia para referirse a las divisiones de la noche. Esto nos ayuda a comprender que Dios se manifiesta y obra en todo tiempo, incluso cuando el mundo duerme. Moisés nos recuerda: “Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche” (Salmos 90:4).

Esto nos enseña que el tiempo de Dios no es como el nuestro, y que velar es alinearnos con Su eternidad, reconociendo que Él gobierna aun en la noche más oscura.

Nuestro Señor Jesucristo dio una enseñanza clara y amorosa acerca de la necesidad de velar, especialmente en relación con Su venida. Él dijo: “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando” (Lucas 12:37).

Velar, entonces, no es solo una actividad nocturna, sino una disposición del alma: vivir preparados, con una fe activa, con lámparas encendidas, como siervos atentos al regreso de su Señor. Jesús mismo nos exhorta: “Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas” (Lucas 12:35).

En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel dividía la noche en tres vigilias, y en cada una de ellas vemos la mano poderosa de Dios actuando. En la vigilia de la mañana, por ejemplo, el Señor derrotó al ejército egipcio y dio salvación a Su pueblo: “Aconteció a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios… y trastornó el campamento” (Éxodo 14:24).

Esto nos enseña, amados hermanos, que aunque la noche sea larga, Dios tiene la última palabra, y Él honra a quienes confían y esperan en Él.

En el Nuevo Testamento, bajo el sistema romano de cuatro vigilias, Jesús continúa llamando a Su Iglesia a velar. En la cuarta vigilia de la noche, Él caminó sobre el mar y se manifestó a Sus discípulos (Mateo 14:25), mostrándonos que cuando nuestras fuerzas se agotan, Su poder se revela.

Nuestro Señor también nos dejó una enseñanza crucial en Getsemaní: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).

Aquí comprendemos que la vigilia es un medio de gracia que Dios usa para fortalecernos contra el pecado, para sujetar la carne y afirmar el espíritu. No es por mérito humano, sino por dependencia del Espíritu Santo.

El ejemplo supremo lo tenemos en Cristo mismo, quien pasó noches enteras en oración: “En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12).

Si el Hijo de Dios, perfecto y sin pecado, buscaba al Padre en vigilia, ¡cuánto más nosotros, que dependemos de Su gracia cada día!

El apóstol Pablo también nos dejó un testimonio fiel. En medio de la noche, él y Silas oraban y cantaban himnos a Dios, y el Señor obró salvación (Hechos 16:25–34). Esto nos muestra que la vigilia es un tiempo donde Dios trae libertad, consuelo y vida nueva.

Amados, la Palabra es clara: vivimos en tiempos donde el mundo camina en tinieblas, pero nosotros somos hijos de la luz. “No durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios” (1 Tesalonicenses 5:6).

Velar es vivir en santidad, en obediencia y en esperanza. No esperamos a Cristo con temor, sino con amor, aguardando la esperanza bienaventurada: “La manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13).

Por eso, queridos hermanos, mantengamos una vida de oración, de vigilancia y de fidelidad. No porque la vigilia nos salve, sino porque amamos a Aquel que nos salvó. Vivamos preparados, con mansedumbre y reverencia, dando razón de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).

Que el Espíritu Santo nos conceda corazones sensibles, ojos abiertos y lámparas encendidas, hasta el día glorioso en que nuestro Señor Jesucristo regrese. A Él sea toda la gloria, hoy y por los siglos de los siglos. Amén.

Regreso al contenido